¿Por qué sigo creyendo en la humanidad?

Cuando veo estos videos sobre bombardeos y tiroteos que ocurren en un lado u otro del mundo, donde la gente llora por sus seres queridos que han sido asesinados, donde todos están en estado de shock y desesperación, donde niños sin partes de sus extremidades claman por misericordia y compasión, donde padres lloran por falta de ayuda, no puedo sino unirme a ellos en tristeza y enojo al mismo tiempo, ¿cómo puede alguien no sentirse igual? Me siento impotente, soy una “nadie” en este asunto, sentada en la esquina de mi habitación viendo cómo otros seres humanos, seres iguales a mí, están siendo literalmente destruidos en pedazos, sin piedad ni remordimiento. Me enoja tanto lo que veo que sólo quiero gritar a todos basta! y lanzar mi computadora contra la pared.

Pero no puedo sólo llorar y gritarle a mi pantalla, y romper mi computadora no va a ayudar a nadie, pero puedo tratar de ser alguien que se suma a la cura en lugar de alimentar el odio; todos podemos. Puedo usar la misma computadora a la que le estoy gritando para canalizar mi ira a contribuir a la cura, para usar mi ira como un combustible para difundir lo que creo; y en lo que creo es en la unidad y la justicia. Unidad significa que todos – o sea todas las criaturas de la Tierra – somos uno, nuestro espíritu es uno y el mismo, y cada uno de nosotros representa una célula en el cuerpo de la humanidad. Justicia para mí significa que cada persona debe recibir lo que merece (castigo o recompensa) y la única manera de ejercer la justicia sin caer en la subjetividad es si se usa como instrumento para la búsqueda de la verdad, y debe ser moderada por la compasión.

No quiero rendirme y simplemente sentir pena por la humanidad como si no me afectara en realidad; y no puedo decir que porque no estoy directamente involucrada en estas tragedias que no debería compartir responsabilidad en lo que nuestro cuerpo de humanidad está atravesando. Diferentes personas y gobiernos están cometiendo atrocidades por diferentes razones, pero las razones por las que se cometen atrocidades no son lo que nos diferencia como seres humanos – no importa por qué alguien mata, todos los asesinos tienen una cosa en común y es que matan, no importa quiénes son y de dónde son, todos están convencidos de que tienen alguna razón para matar – lo que nos diferencia en nuestra calidad como seres humanos es nuestra conciencia y, consecuentemente, nuestras acciones. Y aunque no seamos de los que realmente cometen estos crímenes contra la humanidad, pero somos de los que justifican las acciones destructives de nuestra propia gente o de nuestros gobiernos “por un bien mayor”, o si sólo somos sensibles a los sufrimientos de un lado del mundo pero no por el otro, entonces no somos mucho mejor que los asesinos; sólo somos un mal menor.

Es por eso que expreso lo que creo, porque no quiero rendirme ni ser sólo un mal menor. No me quiero quedar sin esperanza y pensar que el odio es la regla, que la guerra es inevitable, que la codicia y el engaño son inevitables, que destruirnos es inherente a nuestra humanidad. Si lo hago, si elijo creer todo eso, significaría que estoy renunciando a mi poder, no sería mucho mejor que los asesinos y de hecho sería como ellos al perpetuar esas mentiras. Así que creo que en nosotros, en nuestra capacidad de ser mejor que eso, de elevarnos por encima de este comportamiento bestial al que nos hemos acostumbrado tanto, como individuos y como civilización mundial.

Tenemos que pensar más en lo que sí queremos creer y no sólo centrarnos en lo que ya no creemos. Para explicar mejor a lo que me refiero voy a dar un ejemplo: cuando los niños dejan de creer en Papa Noel, cuando se dan cuenta de que no es él quien les trae los regalos, y que por eso ya no tienen que portarse bien, incluso si nadie les está mirando, ¿qué estamos enseñándoles a creer en su lugar? Les enseñamos que quieren portarse bien por su propio bien y para traer felicidad a otros, y tal vez que los regalos son muestras de amor de sus padres. Lo que estoy diciendo es que cuando dejamos de creer en algo que ya no se ajusta a la realidad, tenemos que buscar creer en otra cosa que sí lo hace – por lo menos en la medida en que podemos entender. No debemos quedarnos sin esperanzas.

Y tenemos que pensar de dónde vienen nuestras creencias, cuál es nuestro origen y contexto, quién nos está diciendo qué creer. Por ejemplo, no puedo de forma automática y sin pensar decir que ya que algunas atrocidades están sucediendo erróneamente en nombre de una religión entonces no veo el bien que la religión puede llevarle a la gente, ya que la misma clase de atrocidades son cometidas por otros en nombre de la democracia, por el nombre del crecimiento material, en nombre de la libertad. Y no puedo decir que ya no creo en nada, porque entonces, ¿qué quedaría de mí? Por eso, por ejemplo, creo que Dios es esa fuerza que no tiene ni principio ni fin que alimenta nuestra existencia y que nos mantiene unidos, Dios es la gravedad, es la fuerza de atracción, es el amor. Cada uno de nosotros expresa una característica de Dios cuando sentimos compasión, cariño, impulso por ser justos, por escuchar y querer comprender a los demás, por ser amables y no herir a nadie; se manifiesta cuando nos sentimos conmovidos y en paz cuando contemplamos la naturaleza (porque Dios es el mismo espíritu en nosotros y en la naturaleza); todo esto es nuestro profundo ser, lo más real que podemos ser.

También creo en nuestra capacidad inherente para ser nobles. Creo en que somos mejores que esto que demostramos hoy en día. Tenemos que serlo. Somos mejores que máquinas perversas, que bestias codiciosas que extinguen todo lo que se interpone en el camino de sus propios intereses. Digo esto en el nivel individual y el nivel colectivo – porque a veces también manifestamos estos comportamientos en nuestra vida personal.

Tenemos que empezar pensando en cómo nosotros, como individuos, llevamos a cabo nuestras vidas y nuestras relaciones personales. ¿Qué entendemos acerca de nuestras propias sociedades? ¿Nuestro amor y lealtad van más allá de nuestras propias familias, países o razas? ¿Cómo tratamos a los extraños? ¿Somos justos y compasivos? ¿Somos amables? ¿Incluso con alguien que nos hizo daño? ¿Somos personas veraces? ¿Queremos encontrar siempre y defender la verdad, incluso si va en contra de nuestros intereses? Estas actitudes personales se traducen en la vida colectiva.

En otras palabras, el mundo es lo que somos, cada uno de nosotros; no estamos desconectados de lo que está pasando ahora. Todo lo que hemos aprendido y todo lo que enseñamos a la siguiente generación es lo que da forma a nuestra civilización mundial, lo que da forma a nuestra experiencia colectiva en la Tierra – por ejemplo, los que están en posiciones de poder hoy en día y que están cometiendo estos crímenes contra la humanidad alguna vez fueron niños educados por sus padres y escuelas; y los que se juntan para cometer crímenes similares basados ​​en una concepción errónea de una religión aprendieron a pensar así en algún momento de sus vidas.

Todos somos principalmente resultados de nuestra educación y nuestras experiencias, pero hasta que no seamos conscientes de las fuerzas sociales que influyen en nuestros pensamientos y actitudes no somos más que ovejas que siguen ciega y silenciosamente a algún lobo, hasta que se da la vuelta y nos come también – como podemos ver ahora, ya nadie está a salvo. Se nos ha tratado como marionetas que van de las manos de un dueño perverso a otro durante ya mucho tiempo, y en esta época de comunicación masiva podemos unir fuerzas desde todos los rincones del mundo para hablar y compartir nuestras esperanzas por la humanidad; tenemos que hacerlo por nuestro propio bien y el de las próximas generaciones. Ya no dejemos que se nos diga en qué creer.

Es por esto que yo elijo seguir creyendo en la humanidad y le pido a todos los que todavía creen en algo que no es destrucción que hablen y escuchen a otros. Si no lo hacemos, la incredulidad y desesperanza seguirán contribuyendo a la destrucción del mundo y todo lo que contiene.

 

Advertisements

¿Cómo nuestra tolerancia puede a veces ser intolerable?

Desde que la explosión de noticias tristes – y algunas con final feliz – sobre los refugiados y desplazados de zonas en conflicto empezaron, la gente se ha puesto a hablar y escribir todo tipo de cosas. Hay tanto que pensar y sentir al respecto que entiendo que las discusiones alrededor del tema son muy abrumadoras, pero creo que nos estamos olvidando algunos principios fundamentales; principios que nos permiten llamarnos civilización mundial, y no un montón de distintas manadas humanas coexistiendo (apenas) unas al costado de otras. Por eso creo que es importante que revisemos algunos conceptos comunes antes de continuar discutiendo (aunque ni siquiera debería haber una discusión en primer lugar), comenzando por una de las palabras mas usadas dentro de esta discusión: la tolerancia.

A algunos nos gusta pensar que somos buenas personas. Toleramos a aquellos que consideramos diferentes a nosotros, a los que viven de manera diferente, que piensan diferente y lucen diferente. Aceptamos el hecho de que también tienen derecho a vivir en este planeta. Somos buenos porque no tenemos ningún problema en aceptar a aquellos que tienen perspectivas diferentes sobre la realidad, siempre y cuando no perturban nuestras vidas, y si de alguna manera tenemos que interactuar con ellos – por ejemplo, trabajar con ellos – les toleramos pero, por el bien de la armonía y la paz, es mejor no discutir ciertos temas y no exhibir ciertos comportamientos; y si lo hacen, los aguantamos y decimos bien por nosotros, estamos tolerando su existencia.

Para ser honesta, no veo el mérito ahí en absoluto. De hecho, “tolerar” a alguien bajo esos términos es irrelevante y condescendiente. En primer lugar, no es necesario practicar la tolerancia hacia las personas o ideas que no tienen ninguna consecuencia en nuestras vidas – digamos que porque viven en una tierra lejana o porque no son relevantes a nuestro entorno – eso no es tolerancia, eso es no poder hacer nada al respecto, o elegir no hacerles caso, eso es ser indiferentes. En segundo lugar, no se requiere practicar tolerancia hacia personas que consideramos diferentes a nosotros pero que quieren las mismas cosas que nosotros y que actúan como nosotros, al menos delante de nosotros; en otras palabras, alguien “diferente” que está tratando de moldearse a nuestra sociedad. En este caso, el hecho de que “les dejamos” vivir y tratar de encajar en nuestra sociedad – o sea, no estamos haciendo nada para que no puedan alcanzar las mismas oportunidades con las que tuvimos la suerte de nacer, en una tierra que no pertenece a nadie más que a la Tierra – no significa que estamos siendo tolerantes con ellos, significa que apenas estamos siendo seres humanos decentes.

Por otra parte, no se considera tolerancia el sólo aguantar a alguien, o sus ideas. Aguantar a alguien en su delante pero luego burlarse o degradarlo cuando no está presente no es tolerancia, eso es hipocresía. Creer que las diferencias entre razas, culturas o creencias religiosas son razones legítimas para dividir al mundo, y potencialmente generar discriminación, pero que hay que aguantar estas diferencias a fin de que podamos llamarnos “buenas personas”, no es tolerancia; de hecho, eso es intolerable. Considerar a alguien inferior o enemigo y “tolerarlo” es intolerable. Si la tolerancia no se lleva a cabo con sinceridad entonces no es tolerancia. Debe nacer con sinceridad y respeto porque practicar la tolerancia significa realmente aceptar – y en algunos casos incluso celebrar – ideas y formas de vida diferentes de personas que no buscan ser como nosotros.

La tolerancia implica la aceptación de ideas opuestas; ideas que se basan en principios y convicciones. Ya que este tipo de ideas potencialmente se podrían cambiar, estamos siendo tolerantes sólo cuando optamos no hacer nada por cambiar las ideas o maneras de ser de otra persona. La tolerancia sólo entra al juego cuando podemos, potencialmente, hacer algo para cambiar la mentalidad de alguien – o comportamiento – pero elegimos no hacerlo por el bien de la libertad de conciencia. En un nivel más profundo, la tolerancia es cuando algo está en contra de nuestro propio interés pero lo aceptamos por el bien de otra persona.

Hay que tener en cuenta que expresar desacuerdo con algo no significa que uno está siendo intolerante; de hecho, esto es parte de mantener una conversación – siempre y cuando estamos seguros de que entendemos aquello con lo que estamos en desacuerdo –, y está bien expresar nuestra perspectiva diferente sobre algo si lo que queremos es encontrar la verdad, en lugar de simplemente probar que tenemos razón.

Sin embargo, la tolerancia es uno de los primeros pasos en nuestro camino hacia el respeto genuino y el amor; la tolerancia es lo mínimo que debemos ejercer como las personas educadas y civilizadas que consideramos que somos. Sólo estamos hablando de tolerancia ahora porque, como civilización mundial, todavía estamos muy lejos de practicar el amor universal. La tolerancia es un primer paso y no el objetivo final ya que su base es el reconocimiento de que algo es desigual a nosotros, que algo es incongruente con nuestra comprensión personal de la realidad y que sólo por el bien de sobrevivir en paz con los demás debemos tolerarnos; la tolerancia se basa en las diferencias, implica que algo anormal para nosotros debe ser considerado tolerable – es por eso que muchas veces confundimos esta palabra con “soportable”, no significan lo mismo y no deberíamos intercambiarlos. La tolerancia brota del amor, del respeto, de un genuino aprecio por la diversidad, con apertura de mente. Así que, en última instancia, queremos reemplazar la intolerancia no con tolerancia, sin con respeto mutuo, paciencia y amor.

Además, queremos tolerar porque entendemos que la libertad de conciencia permite la ampliación de nuestras ideas; toleramos por el amor a la verdad, por amor al aprender, por amor a la expansión de nuestras mentes y por cambiar de parecer. Tolerancia viene del hecho de que aceptamos que no podemos saberlo todo, que no podemos comprender toda la verdad. Por lo tanto la tolerancia tiene sus raíces en la humildad, en que aceptamos nuestra incapacidad para captar toda la verdad. Y es nuestra obligación moral individual buscar siempre la verdad y defenderla; pero esto no se puede lograr si nos aferramos a lo que ya sabemos, o creemos saber, mientras que rechazamos ideas opuestas. Cuando nos aferramos demasiado a una idea nos convertimos en inflexibles e intolerantes.

Ser firmes en nuestros principios es una cosa, pero ser inflexibles con nuestros paradigmas y estándares de la realidad puede ser perjudicial para nuestra evolución como civilización. Lo que queremos es aprender más constantemente, refinar nuestros pensamientos y comprensión de la realidad – visible e invisible. No queremos conformarnos con nuestra comprensión de algo en ningún momento, nuestro entendimiento sobre algo puede mejorar constantemente. Nuestros paradigmas pueden cambiar y deben cambiar, deben mejorar, no hay nada de malo en cambiar nuestra mentalidad a medida que vamos aprendiendo nuevas perspectivas. Como individuos y como sociedades, no triunfamos gracias a nuestras “creencias firmes” o por ser “inteligentes” sin visión; triunfamos gracias a la expansión constante de nuestros conocimientos. Y un verdadero respeto y amor por personas diferentes, manifestado primero a través de la tolerancia, es la clave para el éxito en este aspecto.

Sin embargo, esto nos lleva a la cuestión de, si el amor universal es el propósito, ¿esto significa que debemos ser tolerantes con los intolerantes? ¿Dónde juega la justicia un papel? Si toleramos a todos, incluyendo a los que tienen comportamientos peligrosos, entonces nuestra sociedad desaparecerIa. Por supuesto, tenemos que hacerle frente a la injusticia, por el bien de la tolerancia y el amor universal no podemos ser indulgentes con ella. El propósito de la tolerancia, debemos recordar, es la unidad. Ser tolerantes con comportamientos divisivos como el racismo, la discriminación religiosa y el sexismo es contraproducente para la tolerancia. De esa forma estaríamos perpetuando una sociedad injusta. Sin embargo, son esos comportamientos lo que no debemos tolerar, no el autor. Hay que tener en cuenta que una cosa es condenar los actos injustos, y otra cosa es sentir aversión por esas personas. Las acciones las consideramos despreciables, no las personas. En esos casos hay que recordar lo que al final son: seres humanos que pueden aprender, como todos nosotros. Todo el mundo puede ser educado bajo el estándar de la justicia – es decir, comprometerse con la verdad en lugar de mentiras o ideas erróneas – y de la amabilidad. No olvidemos que así como estamos tolerando a alguien, alguien mas nos está tolerando a nosotros.

Empoderar con amor

Me solía gustar la palabra empoderamiento, pero he oído y leído tanto sobre esta palabra, especialmente alrededor de la Cumbre de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas que se llevó a cabo hace poco, que su significado se está volviendo borroso, casi desapareciendo. En un intento de hacer que recupere sentido y a manera de recordar su influencia en mi vida, busqué las diferentes definiciones de esta palabra en distintas fuentes.

Es una palabra muy común en una variedad de campos de actividad. Dependiendo en qué campo esté uno parado, adquirirá un significado especial y tendrá diferentes consecuencias en la práctica. Cuenta con diferentes expresiones teóricas y prácticas en la psicología y en el campo del desarrollo social, y sus efectos varían entre el mundo jurídico y el mundo empresarial. Por ejemplo, de acuerdo con businessdictionary.com, el empoderamiento es una práctica de gerencia sobre compartir información, recompensas y poder con los empleados para que puedan tomar iniciativa y tomar decisiones para resolver problemas y mejorar el servicio y rendimiento. El empoderamiento se basa en la idea de que darle competencias a los trabajadores, recursos, autoridad, oportunidad, motivación, así como haciéndolos responsables por los resultados de sus acciones, contribuirá a su competencia y satisfacción.

Hay mucha información acerca de sus diferentes significados y manifestaciones en la práctica, desde la perspectiva de diferentes campos, pero no hay suficiente información sobre las actitudes que conlleva en el plano humano. La razón por la que siempre me gustó esta palabra es porque me parecía que partía de un lugar de justicia e igualdad, y que implicaba un ser humano noble impulsado a ayudar a otros a alcanzar su potencial. Pero muchas de las definiciones que escucho ahora hacen parecer al empoderamiento una práctica mecánica, una ecuación en donde una de las partes es “poderosa”, de alguna u otra forma, y comparte parte de su poder con una persona “impotente”, a fin de lograr un resultado predecible – un resultado que se ha decidido desde el principio. En algunos casos, esta ecuación – esta transacción de poder – se realiza principalmente para el beneficio del empoderador (como en el mundo de los negocios), y en otros casos, es principalmente para el beneficio del empoderado (como en el campo de desarrollo social). En cualquier caso, mirándola desde diferentes campos, podríamos decir que la definición generalizada de empoderamiento se puede relacionar con palabras tales como habilitar, equipar, autonomía, libertad, participación y capacidad; y se puede inferir que el empoderamiento se practica a través de compartir conocimientos y/o capacidad (material o inmaterial) de una parte con otra. Sin embargo, la definición que quiero rescatar es qué tipo de actitud, en el aspecto mental y emocional, se involucra en el verdadero empoderamiento de un ser humano a otro, independientemente del campo específico.

Empoderamiento no es un concepto que sólo puede ser expresado en un campo profesional. Fuera de nuestra vida profesional, en nuestras interacciones diarias regulares con otros seres humanos, también encontramos constantemente oportunidades de empoderar a alguien; podría ser un familiar, un amigo, una pareja, un extraño, una multitud o una comunidad. También podemos ver que a menudo estamos siendo empoderados por otra persona, a veces sin darnos cuenta.

Tanto en las relaciones verticales como horizontales, el empoderamiento ocurre cuando a alguien se le ayuda a ampliar su visión, capacidad y voluntad para actuar eficazmente para alcanzar su propio bienestar y prosperidad. En otras palabras, cuando la persona que necesita ayuda no es tratada como un objeto pasivo al que hay que ayudar, sino como un autor activo de su propio bienestar. No tiene que ser una persona en necesidad desesperada de ayuda, podría ser una persona a quien en algún momento de su vida le vendría bien algo de ayuda para poder tomar las riendas de su propio crecimiento y en mejorar su situación material o emocional – básicamente, todos nosotros.

Empoderar significa crear las condiciones para que una persona, vista como un sujeto consciente de su propio crecimiento, pueda desarrollar las capacidades para lograrlo. Esto implica permitirle definir su propio propósito con el fin de actuar sobre sus propias necesidades y, durante todo el proceso, ser alentados a valorar sus propias capacidades y respetarse a sí mismos tanto como respetan a su mentor.

Se entiende que, en general, el empoderamiento implica que alguien participa en un proceso de aprendizaje y es beneficiario de los productos del conocimiento o de medios materiales; pero esto no es suficiente, incluso si tuvieran voz para tomar ciertas decisiones para sí mismos. Empoderar es más que permitirle a alguien participar en algo. Sólo la participación en un proceso existente no significa necesariamente tener la capacidad de influenciarlo o cambiarlo; el empoderamiento, por otro lado, implica esa capacidad.

Los profesores pueden enseñar sin empoderar, los padres pueden educar sin empoderar, un amigo puede ayudar sin empoderar, una organización puede otorgar medios materiales y estructurales para el desarrollo de una comunidad sin empoderar a sus miembros, y empleados pueden ser entrenados, responsables de sus decisiones y premiados sin ser empoderados.

Desarrollar la capacidad de investigación intelectual de una persona – es decir, de pensar sistemáticamente acerca de su situación y buscar soluciones, y de lidiar de manera eficiente con información en lugar de responder automáticamente a la voluntad ajena – es sólo un aspecto de empoderar a alguien. Otro aspecto es permitir que al empoderado ejercer el conocimiento que se está aprendiendo, aplicando sus propios talentos. En otras palabras, ofrecer el tiempo y el espacio para que el empoderado aprenda haciendo. Pero estos dos aspectos sugieren que el enfoque del empoderador debe estar basado en la confianza. Confianza en que el empoderado aprenderá a su propia manera y ejercitará el conocimiento en su propio estilo, de acuerdo a sus talentos individuales y metas específicas; de esta manera, el empoderado influenciará y generará nuevos conocimientos, y así contribuirá de manera sustancial y significativa a su propio bienestar y al bienestar general. Sin esta confianza, simplemente impartir conocimientos y forzar los resultados de su aprendizaje, no llevará a nada más que repetir y perpetuar los sistemas existentes; y en última instancia, podrá resultar en opresión en lugar de empoderamiento.

En otras palabras, no se trata de forzar soluciones o el tipo de vida que creemos que es bueno para alguien, ni de imponer conocimientos como si fueran una verdad absoluta; se trata de permitir que el empoderado pueda descubrir y manifestar poderes internos que ninguna de las partes puede anticipar específicamente; de esta manera, esos poderes sumarán a la cultura y el bienestar general.

El empoderamiento es un diálogo en el que ambas partes comparten, aprenden y crecen juntos. Nadie es dueño de una verdad absoluta. En la relación de empleador-empleado, de mentor-aprendiz o de ONG-comunidad, es importante diferenciar los roles pero también de armonizarlos, esto significa entender y practicar la idea de que las dos partes se complementan entre sí – sin un alumno no habría un mentor. Por lo tanto, una actitud de cooperación es muy necesaria, y el empoderador debe manifestar el mismo nivel de compromiso y atención al proceso tanto como el empoderado. Igualmente, cuando se trata de empoderar a alguien en una relación horizontal (por ejemplo, una pareja o un amigo en una dada situación), la actitud no es aconsejar e irse, ni imponer un punto de vista; empoderar a alguien significa ayudar a liberarlos; se trata de fomentar el auto-descubrimiento, y de eliminar obstáculos que les impiden ser su verdadero yo; como el miedo, porque el miedo es el enemigo del aprendizaje y el crecimiento, el miedo sólo empodera estancamiento.

La idea errónea de que empoderamiento significa que una persona en posición de poder o privilegio tiene la capacidad y la voluntad de compartir algunos poderes con alguien en posición de desventaja, paraliza cualquier intento de ayudar a cualquiera a alcanzar su verdadero potencial y felicidad. Quiero volver a cuando pensé que esta palabra tenía un significado más profundo y creer en la idea de que el empoderamiento comienza con una persona que tiene el poder del amor, bondad, solidaridad, honestidad y sabiduría, y que comparte estos poderes con quien tenga la oportunidad de hacerlo (a veces incluso a través de una conversación), con el propósito de sacar las joyas ocultas dentro de ellos. Joyas que son a veces desconocidas para ambas partes; sin expectativas específicas ni tratando de dictar el resultado del empoderamiento.

Bajo esta comprensión del empoderamiento, las actitudes fundamentales que el empoderador debe sinceramente manifestar durante todo el proceso son la humildad y el desprendimiento, así como un desarrollado sentido de igualdad y justicia.

Debemos esforzarnos por empoderarnos mutuamente en nuestras relaciones en todos los niveles de la sociedad.

Sí, Trump, no tenemos tiempo para ser totalmente políticamente correctos

Pero no quiere decir que tenemos tiempo para decirle cerda gorda a Rosie O’Donnell.

Durante el primer debate republicano, Megyn Kelly, moderadora y reportera regular de Fox News, llamó la atención de Donald Trump por los comentarios misóginos que éste hizo en el pasado. La respuesta de Trump fue: “Creo que el gran problema que tiene este país es ser políticamente correcto. Mucha gente me ha desafiado y yo, francamente, no tengo tiempo para la corrección política total. Y para ser honesto con ustedes, este país no tiene tiempo tampoco.”

Para confirmar sus palabras, un día después dijo en CNN que Kelly es una “ligera” a quien “no le tiene respeto”, y que “Se podía ver que le brotaba sangre de los ojos. Le brotaba sangre de todo lado”.

No quiero dar mi opinión sobre él en su calidad de candidato presidencial ni sobre su calidad como ser humano. Lo que quiero es observar el tema de la corrección política en nuestras sociedades y, ojalá, contribuir a una discusión justa que permita a la gente elegir voluntariamente lo que quieran creer.

Después de escuchar sus comentarios, mi principal preocupación fue la abrumadora respuesta positiva de la audiencia y luego la cantidad de apoyo que sus comentarios recibieron en distintos medios de comunicación. No voy a describir las características demográficas de la gente que apoya sus comentarios (asumo que toda persona relativamente inteligente se da cuenta), pero sí voy a decir esto: la corrección política no fue creada para proteger a las personas que no son minorías. Así que el hecho de que hayas venido insultando casualmente a personas que son diferentes a ti, de una forma u otra  durante toda tu vida, y que ahora esa gente te está llamando la atención por esos insultos, no te priva de tu derecho a la libertad de expresión, te priva de ser un completo imbécil; así que relájate, hazte un favor y escucha a esa gente, porque te están dando la oportunidad de mejorar como persona.

Teniendo en cuenta la influencia que nuestras palabras tienen en nuestros propios pensamientos y los pensamientos de los que nos escuchan —un término aparentemente inocente puede perpetuar un estereotipo o reforzar la marginación— la corrección política es un ingrediente clave para que podamos vivir en armonía.

Sin embargo, a veces prestamos más atención a lo que se dice en lugar de a qué se refiere, o a las intenciones detrás de las palabras; estamos más preocupados por lo que hay que decir que por lo que nuestras palabras deben representar. No se trata de sólo crear reglas para regular nuestro lenguaje —y como resultado nuestros pensamientos—, se trata de mejorar lo que sentimos el uno del otro. Si algo es políticamente correcto o no es una cuestión importante, pero lo que define el problema es lo que el insulto representa .

Decir que la corrección política es un problema no está completamente equivocado. La corrección política es sólo una de las primeras etapas en la regulación de una sociedad que está en sus primeros pasos para darse cuenta de que sus miembros son en realidad iguales, y ​​lo que es más, que sus miembros son piezas de un sólo gran cuerpo. Necesitamos la corrección política, hoy y siempre, pero aquellos de nosotros que nos gusta regularla debemos tener cuidado de no caer en la auto-victimización o de no hacer que otros parezcan víctimas indefensas, mientras que al mismo tiempo hacemos que el responsable se sienta y vea como un completo monstruo sin esperanzas. Tenemos que ser conscientes de no caer en un comportamiento de disculpa extrema ni de estimular el falso respeto. Porque de esta forma la regulación del lenguaje puede convertirse en una herramienta de manipulación.

Por lo que tenemos que luchar, ahora que estamos aprendiendo los retos y beneficios de la corrección política, es  por inculcar una actitud sincera de unidad; una actitud que viene de una mejor comprensión de nuestra naturaleza humana y nuestra civilización humana. En nuestra naturaleza humana tenemos más similitudes que diferencias. Nuestra civilización humana se beneficiaría más de la unidad que de la animosidad. Una vez que entendemos estas verdades nos damos cuenta de que la corrección política no es el objetivo final, es sólo una pieza en el rompecabezas para lograr la armonía social en la que muchos de nosotros creemos y deseamos. Es sólo una de las formas en la que manifestamos esa actitud sincera de unidad.

Pensar que la mera corrección política es el objetivo final es un problema, porque eso nos expone a una fácil manipulación; nos convertimos en una pelota de ping pong que salta de las manos de un grupo oprimido enojado a otro. Simplemente regular las palabras de los demás es una pérdida de tiempo y energía. En esta etapa de nuestra evolución social, lo que queremos es verdaderamente educar promoviendo los beneficios de la igualdad y la unidad, de modo que las futuras generaciones no tengan que seguir luchando por regular quién dice qué a quién.

Uno podrá decir capacidades diferentes, de escasos recursos, nativo, persona de color, inmigrantes indocumentados, matrimonio entre personas del mismo sexo, y así sucesivamente, pero lo que va a determinar si uno es una buena persona o no es cómo en realidad se siente acerca de las personas a las que se refiere.

Lo que decimos debe en verdad representar cómo nos sentimos y cómo nos sentimos debe manifestar lo mejor de nosotros, y eso significa comprender y aplicar el principio de la unidad en todas nuestras interacciones. Obligarnos a ser respetuosos unos con otros no es suficiente; lo que queremos es transformar verdaderamente la discriminación, los prejuicios y los estereotipos, en sentimientos que manifiesten el principio de unidad. Sentimientos como el respeto, la paciencia, la solidaridad, la justicia, la compasión, el amor.

Así que, sí, ser políticamente correcto puede ser un problema. No tenemos tiempo para la corrección política total (solamente). Sólo regular nuestras palabras, sin cambiar las actitudes detrás de ellas, es una pérdida de tiempo. Pero esto no significa que tenemos tiempo para faltarle el respeto a las personas; eso significa que es hora de pasar al siguiente nivel: unidad en acción.

“El que da reverencia recibe reverencia.” Rumi

Cómo es que el feminismo de algunas celebridades puede ser problemático

spongebob wears a dress

Poco para nuestra sorpresa, el reciente acto feminista de Beyoncé hizo que, una vez más, se genere una gran polarización de opinión entre mujeres. Como la mayoría de sus actos feministas en el pasado, éste tampoco se salvó de reacciones opuestas. Por un lado, algunas mujeres glorifican su contribución a la promoción de la causa feminista y, por otro lado, otras condenan su comportamiento como antifeminista. Estas respuestas opuestas provienen de mujeres de diversos grupos de edad y de diferentes antecedentes culturales y raciales. Las posturas van desde “se está cosificando a sí misma y es un mal modelo a seguir”, a “al menos está exponiendo la causa feminista a audiencias más grandes”, hasta “es una mujer poderosa y libre que está haciendo uso inteligente de su voz para el beneficio de todas”. Una división similar en opinión, aunque en base a posturas diferentes, fue causada por la luchadora de UFC, Ronda Rousey, al decir que una mujer que “trata de ser bonita y ser cuidada por otra persona”, es una “do-nothing bitch” (perra que no hace nada).

Los actos de estas mujeres en nombre del feminismo, ya sea que los encontremos bien o mal, no son necesariamente problemáticos, pero la manera en que les respondemos sí lo es.

Personalmente, me gusta aprender de las diversas perspectivas de la gente sobre el feminismo, ya sea de los que se hacen llamar feministas o no, pero me parece que esta conversación en particular es un tanto agotadora, sobre todo porque parece que está centrada en individuos y está generando división entre ellos, es decir, muchas de las opiniones, a favor o en contra de sus actos, están conformadas por preferencias individuales y son explícitamente dirigidas a las acciones de Beyoncé o Rousey -individuos también. La falta de un propósito unificado dentro del movimiento feminista, es preocupante.

Tal vez la mayoría de las feministas estarían de acuerdo en que el principal objetivo del feminismo de hoy en día podría ser definido de manera simple como: la búsqueda del establecimiento de la igualdad de oportunidades y de trato para todos los seres humanos. Una igualdad que no sólo se manifieste en los sistemas y estructuras que manejan nuestras sociedades, sino una igualdad que esté grabada en las mentes de todos y que moldee nuestra actitud hacia todos los seres humanos. Sin embargo hoy en día el feminismo se refleja en la práctica de manera diferente para cada persona. Y eso está bien.

Nuestras diferentes manifestaciones de feminismo en la práctica vienen, en gran parte, de nuestra educación y de nuestra exposición frente a la discriminación. Por ejemplo, algunas mujeres tienen experiencias más intensas y más frecuentes con la discriminación, por lo que requieren una atención más inmediata, pero naturalmente cuando la sociedad no les presta suficiente atención les puede generar más ira e indignación, y por eso sus expresiones de feminismo podrían ser más fuertes (al igual que otras mujeres que sienten gran empatía por ellas). Debemos entender esto, porque el monitorizar los esfuerzos feministas de otras, sin comprender las dificultades ajenas, socava la validez de esas dificultades y debilita nuestros esfuerzos por lograr la igualdad universal.

Nuestra causa tiene un aspecto individual y uno colectivo. Es por eso que, sin lugar a dudas, su promoción debe hacerse con sabiduría, lo que significa que debemos esforzarnos para que nuestras acciones individuales sean causa del progreso de todas. Esto implica dos áreas de trabajo: por un lado, el feminismo es un esfuerzo individual, una responsabilidad personal; por el otro, debemos compartir nuestros esfuerzos con los demás y mantener un diálogo constante. De esta manera, seguimos educándonos a nosotras mismas y a nuestras sociedades en el transcurso. Pero eso no quiere decir, en ningún momento, que tenemos que preocuparnos por monitorear y menospreciar los esfuerzos de otras mujeres, o la falta de esfuerzos, y luego tacharlas de seres humanos no inteligentes, ya sean celebridades o no.

Es sabido que, lamentablemente, las mujeres pueden ser muy crueles cuando se trata de juzgar a otras mujeres, desde la apariencia hasta las decisiones de vida y de carrera –o falta de -; pero tenemos que darnos cuenta de que la desunión entre nosotras no ayudará a nuestra causa, la destruirá. Ya nos hemos pasado bastantes siglos enseñando a las niñas a competir unas contra otras por la atención de los niños; no hagamos que las niñas del futuro transformen esa rivalidad en quién practica el feminismo correctamente y quién no.

Feminismo no quiere decir odiar a los hombres, no quiere decir condescender a las mujeres que no se hacen llamar feministas, y definitivamente no quiere decir menospreciar a las mujeres que toman decisiones con las que no estamos de acuerdo (ya sea una mujer que se auto-cosifica, o una ama de casa, o una mujer de carrera). Se trata de ser libre de elegir lo que queremos ser y a la vez expresar amor a todos. Se trata de celebrar la libertad de elección en lugar de los roles impuestos, incluyendo aquellos roles que no elegiríamos personalmente. Es sobre promover libertad para que todos los individuos puedan desarrollar sus potencialidades en el camino de su propia preferencia.

El feminismo también sugiere que todos tenemos plena libertad para expresar nuestros puntos de vista y practicar nuestros propios principios en la vida, tan firmemente como queramos; pero tenemos que ser conscientes de que ofender directamente la expresión de feminismo de otra mujer desestabilizará nuestra causa. El objetivo de nuestra causa es más grande que nuestras preferencias personales. No tenemos que estar de acuerdo en la forma en que practicamos el feminismo, está bien no estar de acuerdo y está bien expresar nuestros puntos de vista con tanta fuerza como queramos, pero no menospreciando a otras mujeres, porque al hacer eso estaríamos reforzando nuestras diferencias en lugar de fomentar la igualdad. Desviar la atención del objetivo principal (igualdad de oportunidades y  libertad de elección) a nuestros valores personales es contraproducente para la causa del feminismo; es ególatra. Lo más productivo sería usar nuestra voz y ejemplo para compartir nuestras ideas, pero sin atacar a nadie ni burlarse de las acciones de otras mujeres; de esta manera, estaríamos teniendo una conversación justa sobre el feminismo. Pero para eso, antes debemos recordar que estamos teniendo una conversación.

Sentir pasión por un tema es hermoso, tener la capacidad de conversar sobre ese tema es aún más hermoso, pero lo más maravilloso es poder dirigir esa capacidad de conversación hacia acercarnos más unos a otros. Por eso sugiero que cuando estemos a punto de compartir una opinión apasionada, ya sea sobre una celebridad o sobre la chica de al lado, pensemos en cómo nuestras palabras nos acercarán más como humanidad. El objetivo de nuestra causa es más certero que su camino, lo que significa que juntos estamos aprendiendo cuál es la mejor manera de alcanzar nuestro extraordinario objetivo. Ningún intento será perfecto, pero todos contribuirán a la conversación.

No será tan difícil mantener una conversación justa si nuestro propósito es la igualdad para todos. Nuestras experiencias y nuestras luchas pueden ser diferentes en cuanto a forma e intensidad, pero teniendo conversaciones profundas e inclusivas, y sintiendo empatía por todos, es como todas nuestras perspectivas contribuirán a lograr ese máximo objetivo que muchos de nosotros compartimos: vivir en armonía. La armonía no se logrará mediante la imposición de nuestros principios personales, o escuchándonos superficialmente unos a otros, la armonía vendrá de nuestra unidad. Y nuestra unidad nacerá de conversaciones integracionistas y que fomenten la participación universal. Es en este sentido que hago la pregunta: ¿qué será más beneficioso para todos, criticarnos unos a otros en nombre de la igualdad, o conversar sobre cómo alcanzar la igualdad con un espíritu de unidad?

Insta-felicidad

La felicidad que muere después de 40 “likes”

Destinos vacacionales exóticos, cuerpos esculturales, cenas extravagantes, cócteles de negocio, diplomas, ascensos, bodas, bebés, y citas motivacionales sobre la gratitud y la belleza de la vida. Todos parecen tener sus vidas encaminadas y dentro de un ascensor rápido, o al menos todos en el mundo cibernético.

Aquellos que conozco en el mundo real, por el contrario, frecuentemente expresan frustración, miedo, insatisfacción, ansiedad. Escucho a mucha gente quejándose de sus propias vidas en comparación con la de sus amigos en las redes sociales, hasta el punto que ya ni quieren mirar su Instagram o Facebook. Irónicamente, si no conociera a algunas de estas personas en la vida real, es decir, si sólo mirara sus vidas a través de redes sociales, también creería que tienen una vida de caramelo y que lo tienen todo resuelto. Honestamente, me asombra la brecha de felicidad entre el mundo que puedo tocar y el mundo virtual.

Un par de factores generan esta incoherencia. Primero, a muchas personas les gusta compartir sus momentos alegres con el resto del mundo a través de redes sociales, ya sea para buscar atención o para presumir – es decir, después de recibir suficientes “me gusta” ese momento alegre desaparece de su memoria – o ya sea porque realmente sean personas felices y positivas que quieren compartir sus bendiciones con el mundo. Segundo, la mayoría de las personas no se atrevería a hacer público sus sentimientos de tristeza o miedo. Nadie quiere compartir “hoy me despidieron y me siento inseguro”, “estoy enfermo y me asusta”, “la persona que amo no me ama” (por favor, deja de deprimir al resto). No nos gusta decir o leer esas cosas porque no nos gusta sentirlas. Pero estos sentimientos son muy reales y se manifiestan constantemente a nuestro alrededor, y  en nuestras propias vidas.

Sin embargo, también tengo la suerte de conocer gente maravillosa en la vida real que son tanto exitosas como generalmente felices. Hay una cosa que se destaca para mí acerca de estas personas y es el hecho de que no tienden a sobreexponer su vida personal, pero están abiertos a compartir su camino cuando se presenta la oportunidad. Tienden a ser personas simpáticas, humildes de corazón y creativas. Pareciera que han desarrollado sus intereses y habilidades personales en búsqueda del bien común, y veo excelencia en sus esfuerzos. No me refiero al tipo de “excelencia” que viene de la comparación con los demás, me refiero al tipo de excelencia que viene de no rendirse e intentar cada vez mejor, el verdadero tipo de excelencia. Esta es una característica muy valiosa, es pura en esencia. Sin embargo, muchas personas tienden a malinterpretar la excelencia con rivalidad, lo cual instiga actitudes egoístas y resulta en el abuso de poder, por un lado, y en envidia y resentimiento por el otro; estas emociones y comportamientos se originan cuando evaluamos nuestra felicidad y éxito en relación con los demás. Pero compararse con otros parece inevitable cuando todo lo que vemos es que los demás son felices en diferentes aspectos, sin mucho esfuerzo ni dificultades (aparentemente).

Sin embargo, sí podemos evitar compararnos con los demás una vez que nos damos cuenta de que el hacerlo no trae más que confusión y sentimientos egocéntricos. Está bien que la gente comparta sus momentos felices con el mundo, no se trata de que dejen de compartir su felicidad y logros, pero cuando miramos la exhibición de vidas ajenas en las redes sociales hay que recordar que esos lapsos de momentos no representan toda la realidad. No se trata de que dejes de mirar las fotos y los estados de tus amigos, pero tienes que mirar con ojos perspicaces. No te dejes engañar tan fácilmente. Y si sientes celos o envidia, para; no es que la gente es feliz porque te quitaron la felicidad a ti. Además, ¿qué te hace pensar que si otros tienen una vida plena tú no puedes tener una, también? ¿Quién dice que hay una cantidad limitada de felicidad en el mundo?  Y, esto es muy importante, ¿quién dice que lo que hace feliz a otros, te hará feliz a ti también?

Esto es, en parte, de donde proviene nuestro sentimiento de insuficiencia, al compararnos con los demás. No es culpa de las redes sociales, y definitivamente no es culpa de nuestros amigos, es nuestra propia culpa. Un aspecto de esta comparación puede ser sobre riqueza material, que muchas veces relacionamos con capacidad y éxito; otro aspecto en el que nos podemos sentir inadecuados es cuando no estamos cumpliendo con las expectativas de la sociedad en términos de apariencia y en términos de lo que deberíamos estar haciendo después de cierta edad. En otros posts ampliaré sobre las repercusiones de compararnos con los demás en cada uno de estos aspectos específicos, pero por ahora quiero analizar la excelencia individual versus la “excelencia” basada en comparaciones, sobre todo a través de redes sociales.

Además delas publicaciones de nuestros propios amigos también estamos expuestos a una gran cantidad de información de las páginas y las personas que seguimos. La oportunidad de compartir y aprender unos de otros en todo el mundo es un privilegio de nuestra época; sin embargo, es sorprendente cómo muchos personajes tristemente famosos promueven perspectivas distorsionadas de felicidad, basadas en la glorificación del dinero y del cuerpo – a las cosas materiales en general. Personajes como ese hombre en cuya foto promedio se le ve rodeado de varias mujeres semi-desnudas, joyas, dinero y carros, que tiene millones de seguidores que no paran de expresar su admiración a él y lo mucho que quisieran ser como él; o modelos de fitness (hombres y mujeres) que no están allí realmente para compartir consejos de fitness, y si apenas lo hacen, muchos de sus millones de seguidores son del sexo opuesto, o sea, me pregunto: ¿cuántos consejos de fitness realmente se aplica a ellos?. ¿Qué se está promoviendo allí, aparte de una sensación fugaz de validación?

Esto se suma a la falsa sensación de felicidad que nuestras sociedades ya han estado promoviendo durante décadas a través de los medios de comunicación en general. El fácil acceso global a las redes sociales sólo va aumentando esto. Nuestras sociedades ya han estado promoviendo una felicidad transitoria que depende de hitos específicos a lo largo de nuestra vida adulta: una vez que te gradúas de la secundaria debes entrar en la mejor universidad posible, graduarte, vivir sin padres, hacer conexiones profesionales, conseguir un trabajo prestigioso donde puedas ascender rápidamente; mientras tanto, diviértete un montón, sé libre, acuéstate con quien te apetezca, no hagas caso a lo que la gente piensa -pero siempre luce increíble -, viaja y enloquece por el mundo, luego cálmate, cásate con alguien lo suficientemente bueno – que se parezca a ti – y establécete en algún lugar donde puedas seguir ascendiendo en tu carrera, trata de ahorrar dinero – si tienes la suerte de no tener ninguna deuda -, haz unos cuantos hijos, sigue ascendiendo -sobre todo si eres hombre, si eres mujer puede que quieras calmarte a partir de ahora, sólo sigue tratando de lucir lo mejor posible-, cuida de tu familia hasta que tus hijos se vayan y te puedas jubilar, quizá viaja un poco más, cuida a tus nietos y muere.

No es que haya algo malo con esa historia, si eso es lo que uno quiere. Pero ¿es eso lo que todos queremos? ¿Lo que todos debemos querer? Y si no quieres eso, ¿hay algo malo contigo? No. Simplemente conformarnos con los ideales que nos impone la sociedad es una pérdida de nuestro potencial y conlleva a la frustración, sin ni siquiera darnos cuenta. Al seguir las expectativas de la sociedad en estos términos de éxito ignoramos nuestras propias capacidades y potencialidades, y al hacer eso, no sólo nos estamos perdiendo de desarrollar habilidades y talentos, sino también estamos privando al resto del mundo de los beneficios de un conjunto diverso de experiencias y perspectivas que podrían contribuir al avance de nuestra civilización.

Todos tenemos una combinación única de capacidades, intereses y experiencias; compararnos con los demás es completamente ilógico, por definición. Todos somos excepcionales en ese sentido, sin embargo, al compararnos con los demás resignamos nuestra propia excelencia; renunciamos a nuestras potencialidades individuales, nuestros principios y sueños, y con ellos la posibilidad de una felicidad duradera.

Todos queremos cubrir nuestras necesidades básicas, estar a salvo, tener a nuestros seres queridos cerca; todos queremos cumplir con estos elementos pero a partir de ahí, la felicidad es diferente para cada persona. La felicidad es un estado de la mente, del espíritu; no podemos esperar que el mismo estilo de vida pueda satisfacer a todas las mentes y almas de la humanidad. Estamos creando una uniformidad que está matando muchos sueños y capacidades.

Nunca estaremos satisfechos si constantemente estamos deseando hacer lo que otros están haciendo, ya sean personas en las redes sociales o en la vida real. Esto no quiere decir que no podamos dejarnos inspirar por otras personas; inspirarse de las experiencias de los demás es muy saludable, pero inspirarse implica cierto nivel de madurez, de conocerse a sí mismo y saber lo que uno quiere, lo que va con nuestras capacidades, intereses, principios y sueños.

Así que, queridos lectores, no me digan que todos quieren la misma vida. Hay que salir de ese adormecimiento mental; piensa quién eres y quién quieres ser, sin miedo y justificaciones, y luego trata de compararte con los demás – no vas a poder. Fíjate con cuánta gente puedes compararte – ni uno. Date cuenta de lo incomparable que eres y lo excelente que puedes ser, y lo mucho que el mundo necesita que lo sepas. No nos prives de tu excepcionalidad y no te prives de experimentar el tipo de felicidad que está más allá de cualquier cantidad de “likes”.