La felicidad que muere después de 40 “likes”

Destinos vacacionales exóticos, cuerpos esculturales, cenas extravagantes, cócteles de negocio, diplomas, ascensos, bodas, bebés, y citas motivacionales sobre la gratitud y la belleza de la vida. Todos parecen tener sus vidas encaminadas y dentro de un ascensor rápido, o al menos todos en el mundo cibernético.

Aquellos que conozco en el mundo real, por el contrario, frecuentemente expresan frustración, miedo, insatisfacción, ansiedad. Escucho a mucha gente quejándose de sus propias vidas en comparación con la de sus amigos en las redes sociales, hasta el punto que ya ni quieren mirar su Instagram o Facebook. Irónicamente, si no conociera a algunas de estas personas en la vida real, es decir, si sólo mirara sus vidas a través de redes sociales, también creería que tienen una vida de caramelo y que lo tienen todo resuelto. Honestamente, me asombra la brecha de felicidad entre el mundo que puedo tocar y el mundo virtual.

Un par de factores generan esta incoherencia. Primero, a muchas personas les gusta compartir sus momentos alegres con el resto del mundo a través de redes sociales, ya sea para buscar atención o para presumir – es decir, después de recibir suficientes “me gusta” ese momento alegre desaparece de su memoria – o ya sea porque realmente sean personas felices y positivas que quieren compartir sus bendiciones con el mundo. Segundo, la mayoría de las personas no se atrevería a hacer público sus sentimientos de tristeza o miedo. Nadie quiere compartir “hoy me despidieron y me siento inseguro”, “estoy enfermo y me asusta”, “la persona que amo no me ama” (por favor, deja de deprimir al resto). No nos gusta decir o leer esas cosas porque no nos gusta sentirlas. Pero estos sentimientos son muy reales y se manifiestan constantemente a nuestro alrededor, y  en nuestras propias vidas.

Sin embargo, también tengo la suerte de conocer gente maravillosa en la vida real que son tanto exitosas como generalmente felices. Hay una cosa que se destaca para mí acerca de estas personas y es el hecho de que no tienden a sobreexponer su vida personal, pero están abiertos a compartir su camino cuando se presenta la oportunidad. Tienden a ser personas simpáticas, humildes de corazón y creativas. Pareciera que han desarrollado sus intereses y habilidades personales en búsqueda del bien común, y veo excelencia en sus esfuerzos. No me refiero al tipo de “excelencia” que viene de la comparación con los demás, me refiero al tipo de excelencia que viene de no rendirse e intentar cada vez mejor, el verdadero tipo de excelencia. Esta es una característica muy valiosa, es pura en esencia. Sin embargo, muchas personas tienden a malinterpretar la excelencia con rivalidad, lo cual instiga actitudes egoístas y resulta en el abuso de poder, por un lado, y en envidia y resentimiento por el otro; estas emociones y comportamientos se originan cuando evaluamos nuestra felicidad y éxito en relación con los demás. Pero compararse con otros parece inevitable cuando todo lo que vemos es que los demás son felices en diferentes aspectos, sin mucho esfuerzo ni dificultades (aparentemente).

Sin embargo, sí podemos evitar compararnos con los demás una vez que nos damos cuenta de que el hacerlo no trae más que confusión y sentimientos egocéntricos. Está bien que la gente comparta sus momentos felices con el mundo, no se trata de que dejen de compartir su felicidad y logros, pero cuando miramos la exhibición de vidas ajenas en las redes sociales hay que recordar que esos lapsos de momentos no representan toda la realidad. No se trata de que dejes de mirar las fotos y los estados de tus amigos, pero tienes que mirar con ojos perspicaces. No te dejes engañar tan fácilmente. Y si sientes celos o envidia, para; no es que la gente es feliz porque te quitaron la felicidad a ti. Además, ¿qué te hace pensar que si otros tienen una vida plena tú no puedes tener una, también? ¿Quién dice que hay una cantidad limitada de felicidad en el mundo?  Y, esto es muy importante, ¿quién dice que lo que hace feliz a otros, te hará feliz a ti también?

Esto es, en parte, de donde proviene nuestro sentimiento de insuficiencia, al compararnos con los demás. No es culpa de las redes sociales, y definitivamente no es culpa de nuestros amigos, es nuestra propia culpa. Un aspecto de esta comparación puede ser sobre riqueza material, que muchas veces relacionamos con capacidad y éxito; otro aspecto en el que nos podemos sentir inadecuados es cuando no estamos cumpliendo con las expectativas de la sociedad en términos de apariencia y en términos de lo que deberíamos estar haciendo después de cierta edad. En otros posts ampliaré sobre las repercusiones de compararnos con los demás en cada uno de estos aspectos específicos, pero por ahora quiero analizar la excelencia individual versus la “excelencia” basada en comparaciones, sobre todo a través de redes sociales.

Además delas publicaciones de nuestros propios amigos también estamos expuestos a una gran cantidad de información de las páginas y las personas que seguimos. La oportunidad de compartir y aprender unos de otros en todo el mundo es un privilegio de nuestra época; sin embargo, es sorprendente cómo muchos personajes tristemente famosos promueven perspectivas distorsionadas de felicidad, basadas en la glorificación del dinero y del cuerpo – a las cosas materiales en general. Personajes como ese hombre en cuya foto promedio se le ve rodeado de varias mujeres semi-desnudas, joyas, dinero y carros, que tiene millones de seguidores que no paran de expresar su admiración a él y lo mucho que quisieran ser como él; o modelos de fitness (hombres y mujeres) que no están allí realmente para compartir consejos de fitness, y si apenas lo hacen, muchos de sus millones de seguidores son del sexo opuesto, o sea, me pregunto: ¿cuántos consejos de fitness realmente se aplica a ellos?. ¿Qué se está promoviendo allí, aparte de una sensación fugaz de validación?

Esto se suma a la falsa sensación de felicidad que nuestras sociedades ya han estado promoviendo durante décadas a través de los medios de comunicación en general. El fácil acceso global a las redes sociales sólo va aumentando esto. Nuestras sociedades ya han estado promoviendo una felicidad transitoria que depende de hitos específicos a lo largo de nuestra vida adulta: una vez que te gradúas de la secundaria debes entrar en la mejor universidad posible, graduarte, vivir sin padres, hacer conexiones profesionales, conseguir un trabajo prestigioso donde puedas ascender rápidamente; mientras tanto, diviértete un montón, sé libre, acuéstate con quien te apetezca, no hagas caso a lo que la gente piensa -pero siempre luce increíble -, viaja y enloquece por el mundo, luego cálmate, cásate con alguien lo suficientemente bueno – que se parezca a ti – y establécete en algún lugar donde puedas seguir ascendiendo en tu carrera, trata de ahorrar dinero – si tienes la suerte de no tener ninguna deuda -, haz unos cuantos hijos, sigue ascendiendo -sobre todo si eres hombre, si eres mujer puede que quieras calmarte a partir de ahora, sólo sigue tratando de lucir lo mejor posible-, cuida de tu familia hasta que tus hijos se vayan y te puedas jubilar, quizá viaja un poco más, cuida a tus nietos y muere.

No es que haya algo malo con esa historia, si eso es lo que uno quiere. Pero ¿es eso lo que todos queremos? ¿Lo que todos debemos querer? Y si no quieres eso, ¿hay algo malo contigo? No. Simplemente conformarnos con los ideales que nos impone la sociedad es una pérdida de nuestro potencial y conlleva a la frustración, sin ni siquiera darnos cuenta. Al seguir las expectativas de la sociedad en estos términos de éxito ignoramos nuestras propias capacidades y potencialidades, y al hacer eso, no sólo nos estamos perdiendo de desarrollar habilidades y talentos, sino también estamos privando al resto del mundo de los beneficios de un conjunto diverso de experiencias y perspectivas que podrían contribuir al avance de nuestra civilización.

Todos tenemos una combinación única de capacidades, intereses y experiencias; compararnos con los demás es completamente ilógico, por definición. Todos somos excepcionales en ese sentido, sin embargo, al compararnos con los demás resignamos nuestra propia excelencia; renunciamos a nuestras potencialidades individuales, nuestros principios y sueños, y con ellos la posibilidad de una felicidad duradera.

Todos queremos cubrir nuestras necesidades básicas, estar a salvo, tener a nuestros seres queridos cerca; todos queremos cumplir con estos elementos pero a partir de ahí, la felicidad es diferente para cada persona. La felicidad es un estado de la mente, del espíritu; no podemos esperar que el mismo estilo de vida pueda satisfacer a todas las mentes y almas de la humanidad. Estamos creando una uniformidad que está matando muchos sueños y capacidades.

Nunca estaremos satisfechos si constantemente estamos deseando hacer lo que otros están haciendo, ya sean personas en las redes sociales o en la vida real. Esto no quiere decir que no podamos dejarnos inspirar por otras personas; inspirarse de las experiencias de los demás es muy saludable, pero inspirarse implica cierto nivel de madurez, de conocerse a sí mismo y saber lo que uno quiere, lo que va con nuestras capacidades, intereses, principios y sueños.

Así que, queridos lectores, no me digan que todos quieren la misma vida. Hay que salir de ese adormecimiento mental; piensa quién eres y quién quieres ser, sin miedo y justificaciones, y luego trata de compararte con los demás – no vas a poder. Fíjate con cuánta gente puedes compararte – ni uno. Date cuenta de lo incomparable que eres y lo excelente que puedes ser, y lo mucho que el mundo necesita que lo sepas. No nos prives de tu excepcionalidad y no te prives de experimentar el tipo de felicidad que está más allá de cualquier cantidad de “likes”.

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